Antes de que empieces a leer este post, te recomiendo repasar la primera parte aquí. Yo te espero, no temas
¿Ya está? Muy bien. Pues continúa el relato ficticio de culebrones piratas…
30 años después, la ministra española de Cultura se preguntaba en la soledad de su despacho “¿Realmente tiene sentido seguir prohibiendo a Miguelito que siga multiplicando caramelos?”
Miguelito, el joven descendiente de la ministra, había encontrado una forma de multiplicar los caramelos masticables de mora que compraba en el kiosco del barrio. Él lo achacaba a un “error del sistema de compresión de sabores” que le permitía convertir un sólo caramelo en una miríada de ellos. Cabe decir que este hecho llenaba de estupor a los progenitores, pero por lo que se ve, el procedimiento era un secreto a voces entre los alumnos que compartían colegio con Miguelito.
“¿Quién soy yo para prohibir a Miguelito que multiplique caramelos…” seguía preocupándose azorada la ministra “…si el fabricante de los caramelos no ha tomado las precauciones necesarias para evitar la replicación de sus productos? ¿O deberíamos sacar una ley que protegiese a los fabricantes de caramelos para compensar su fallo? ¿Y qué pasará con el mágico sabor a mora? ¿Se vulgarizará y dejará de ser apreciado? ¿Y los químicos que inventaron el sabor se verán abocados a la ruina? Pobrecitos...” siguió cavilando…
Mis conclusiones de todo el embrollo:
Si la historia de los caramelos suena absurda ¿Por qué se sigue discutiendo la credibilidad del culebrón musical/audiovisual? ¿O debería ser viceversa?
Los ejecutivos que dirigían la industria discográfica hace 30 años, guiados por una ambición desmedida, decidieron adoptar un nuevo formato digital con el que sabían que iban a ingresar cantidades indecentes de dinero.
Hubo un fallo en el sistema: las canciones sí se podían copiar. Los ambiciosos directivos no tomaron las precauciones oportunas. ¡Ohhhh!
Ahora todo el mundo copia y comparte sin pagar ni un duro. Ese es el legado que los directivos de entonces han dejado a los ejecutivos de ahora y, por supuesto, a los autores.
Pero la industria encontró un gran aliado en la legislación, bajo la aparente excusa de proteger los derechos de autor: penaliza la copia y distribución de obras audiovisuales y obliga a comprar las obras a las mismas empresas que provocaron el cataclismo de su propio sector.
Emitir una ley para proteger a un sector que ha sido el único responsable de su propio hundimiento es tan absurdo como sacar una ley que condene a Miguelito: ¿Qué padre o madre prohibiría a su hijo multiplicar caramelos masticables de mora sólo para que la fábrica de caramelos no entre en pérdidas? Como mucho lo haría para evitar las facturas del dentista.
Pero la industria audiovisual ha sabido agarrarse a un clavo ardiendo: los autores. Los autores son el sabor a mora: lo más importante a la hora de escoger el caramelo, lo más importante a la hora de decidir lo que vas a escuchar. Los derechos relativos a los autores son lo que están frenando la caída del sector generada por las decisiones de los directivos.
Los directivos han cambiado el discurso de “nos vamos a forrar” por el de “pobrecitos los autores”
Así que lo que está protegiendo la ministra de cultura no son los derechos de los autores, sino a una serie de directivos ambiciosos que metieron la pata en su momento y cuyos descendientes corporativos están intentando mantener a flote un modelo de negocio caduco, a falta de la invención de uno nuevo.
En resumen: fueron los directivos ambiciosos, Sinde, fueron los directivos ambiciosos. No te confundas. Deja de protegerlos y trabaja duro para que el sabor a mora perdure para siempre. Deja de prohibir y sé creativa.
Algunas curiosidades:
¿Por qué debo pagar derechos de autor cuando compro unos CDs en los que voy a guardar las fotografías que yo mismo he disparado? ¿Quién cobra esos derechos? En caso de que yo fuese a grabar ilegalmente canciones de Lolita en dicho CD ¿Qué serie de alineaciones planetarias haría que dicho impuesto llegase a Lolita?
Decido grabar un CD completo con canciones de Luis Aguilé y reproducirlo públicamente “¡Delincuente!” “¿Yoooo? ¿Por qué? Cuando compré la tarrina pagué el impuesto ‘eres-un-pirata-vas-a-usar-este-CD-para-delinquir’” “Pues no: tienes que pagar el impuesto porque hay una presunción oficial de culpabilidad por parte del Estado Español que indica que vas a usar el soporte adquirido para piratear, pero -lo mejor- es que el pago de dicho impuesto no te da derecho a piratear”.
Lo bueno es que ese dinero va a sociedades de gestión de derechos de autores cuyos directivos pueden tener la cara más o menos dura. Pero no hay que olvidar que estas organizaciones desarrollan planes de formación y programas de apoyo para que los autores, los mayores afectados por la ambición de los directivos discográficos de hace 30 años, puedan vislumbrar un futuro digno.
Por cierto, yo soy el mayor imbécil de todos: nunca he tenido instalado un programa de descarga de archivos tipo emule. No pirateo. Pago toda la música que escucho y películas que veo o utilizo plataforma legales para hacerlo. Según mis amigos soy un “pringao” y, según el Estado Español, un delincuente porque cuando compro soportes de datos es para delinquir.
En comparación con esta situación, reconozco que Alicia en el País de las Maravillas es una obra absolutamente naturalista.
Por cierto, la música es una de las razones por las que vivir, y estoy encantado de pagar a los autores que me hacen seguir pensando así.
lunes 15 de febrero de 2010
jueves 4 de febrero de 2010
Probable historia real del culebrón del pirateo (I): música, industria, ambición, autores, MP3, ministras, manifiestos y derechos pisoteados
(Este es un relato ficticio que quién sabe si pudo llegar a ser realidad en su momento)
Tarde lluviosa a principios de 1980: los altos directivos que asistían a aquella bizarra reunión sentían cierta incomodidad, ya que compartían mesa con todos sus competidores: los magnates de la industria discográfica. Pero la situación valía la pena: un misterioso ejecutivo los había citado para presentarles un nuevo soporte que revolucionaría el sector y que cubriría de oro a las empresas discográficas durante décadas.
El misterioso interlocutor inició su discurso: “Señores, tienen ante ustedes el Compact Disc, un soporte digital que sustituirá para siempre al trasnochado vinilo y que les permitirá alcanzar beneficios astronómicos. En estos doce centímetros plateados se puede albergar un LP completo”
“Pero ¿por qué es mejor que el vinilo?” preguntó dubitativo uno de los presentes.
“Para usted es mejor porque, a la larga, es mucho más barato hacer copias en este formato en comparación con el vinilo. Además, ocupa y pesa menos, lo que conlleva ahorros en el proceso logístico. Además, podremos decir a los consumidores que nunca se raya y que la calidad del sonido es superior, al ser digital. Pero lo más importante de todo es que, con el argumento de la alta tecnología, nos será fácil convencer a los compradores para que paguen el doble por un CD que por un vinilo”
Comenzaron a escucharse los primeros aplausos
Sin embargo, un ejecutivo, en cierta medida agorero, recelaba de la nueva panacea: “No se olvide de esa maldita gente que graba nuestros discos y las canciones de la radio en casettes para luego no comprarnos la música a nosotros. Son unos delincuentes empeñados en arruinar nuestro negocio. Me preocupa que se pueda copiar la música de estos disquitos, porque iríamos de cabeza a la ruina”.
El hombre misterioso se relamió antes de dar su contestación a la pregunta que sabía que surgiría a lo largo del encuentro: “lo mejor de este nuevo formato es que resulta imposible copiar su contenido. Tengo un primo informático muy versado en estas lides que me ha asegurado que resulta posible encriptar el contenido. De esta manera resultará imposible replicar las canciones”.
Empezaron los primeros vítores.
Algunos directivos ya comenzaron a concebir nuevas vías de llenarse los bolsillos y no podían resistirse a compartirlas abiertamente: “Si este formato se convierte en el nuevo estándar, empezarán a escasear los tocadiscos tradicionales y los consumidores tendrán que volver a comprar toda su discografía de la que ya disponen en vinilo. ¡Se volverán a comprar todos sus discos favoritos en formato CD!”
El directivo que tuvo esta ocurrencia fue manteado con gran algarabía por los presentes mientras el misterioso trajeado se sorprendía ante la gran ambición de los incipientes planes de negocio imaginados por los ejecutivos asistentes a su convocatoria.
El nuevo formato digital era perfecto: reducía los costes de grabación y de logística, presuntamente ofrecía mejor calidad y no se rayaba, pero lo mejor de todo es que las canciones no se podían copiar y que podrían a volver a vender de nuevo toda la música que ya habían estado vendiendo a lo largo de décadas ¡por el doble de precio!
“¿Y esto no será un pelotazo pasajero con serias consecuencias negativas a largo plazo para la industria? ¿Cómo afectará esta evolución a la siguiente generación de ejecutivos del sector?” se preguntó el único asistente introspectivo entre la absoluta apoteosis generada por la promesa de negocio casi infinito “Y, por cierto…¿Alguien ha pensado en los músicos?”
30 años después, la ministra española de Cultura se preguntaba en la soledad de su despacho “¿Realmente tiene sentido seguir…?”
(Continuará)
Tarde lluviosa a principios de 1980: los altos directivos que asistían a aquella bizarra reunión sentían cierta incomodidad, ya que compartían mesa con todos sus competidores: los magnates de la industria discográfica. Pero la situación valía la pena: un misterioso ejecutivo los había citado para presentarles un nuevo soporte que revolucionaría el sector y que cubriría de oro a las empresas discográficas durante décadas.
El misterioso interlocutor inició su discurso: “Señores, tienen ante ustedes el Compact Disc, un soporte digital que sustituirá para siempre al trasnochado vinilo y que les permitirá alcanzar beneficios astronómicos. En estos doce centímetros plateados se puede albergar un LP completo”
“Pero ¿por qué es mejor que el vinilo?” preguntó dubitativo uno de los presentes.
“Para usted es mejor porque, a la larga, es mucho más barato hacer copias en este formato en comparación con el vinilo. Además, ocupa y pesa menos, lo que conlleva ahorros en el proceso logístico. Además, podremos decir a los consumidores que nunca se raya y que la calidad del sonido es superior, al ser digital. Pero lo más importante de todo es que, con el argumento de la alta tecnología, nos será fácil convencer a los compradores para que paguen el doble por un CD que por un vinilo”
Comenzaron a escucharse los primeros aplausos
Sin embargo, un ejecutivo, en cierta medida agorero, recelaba de la nueva panacea: “No se olvide de esa maldita gente que graba nuestros discos y las canciones de la radio en casettes para luego no comprarnos la música a nosotros. Son unos delincuentes empeñados en arruinar nuestro negocio. Me preocupa que se pueda copiar la música de estos disquitos, porque iríamos de cabeza a la ruina”.
El hombre misterioso se relamió antes de dar su contestación a la pregunta que sabía que surgiría a lo largo del encuentro: “lo mejor de este nuevo formato es que resulta imposible copiar su contenido. Tengo un primo informático muy versado en estas lides que me ha asegurado que resulta posible encriptar el contenido. De esta manera resultará imposible replicar las canciones”.
Empezaron los primeros vítores.
Algunos directivos ya comenzaron a concebir nuevas vías de llenarse los bolsillos y no podían resistirse a compartirlas abiertamente: “Si este formato se convierte en el nuevo estándar, empezarán a escasear los tocadiscos tradicionales y los consumidores tendrán que volver a comprar toda su discografía de la que ya disponen en vinilo. ¡Se volverán a comprar todos sus discos favoritos en formato CD!”
El directivo que tuvo esta ocurrencia fue manteado con gran algarabía por los presentes mientras el misterioso trajeado se sorprendía ante la gran ambición de los incipientes planes de negocio imaginados por los ejecutivos asistentes a su convocatoria.
El nuevo formato digital era perfecto: reducía los costes de grabación y de logística, presuntamente ofrecía mejor calidad y no se rayaba, pero lo mejor de todo es que las canciones no se podían copiar y que podrían a volver a vender de nuevo toda la música que ya habían estado vendiendo a lo largo de décadas ¡por el doble de precio!
“¿Y esto no será un pelotazo pasajero con serias consecuencias negativas a largo plazo para la industria? ¿Cómo afectará esta evolución a la siguiente generación de ejecutivos del sector?” se preguntó el único asistente introspectivo entre la absoluta apoteosis generada por la promesa de negocio casi infinito “Y, por cierto…¿Alguien ha pensado en los músicos?”
30 años después, la ministra española de Cultura se preguntaba en la soledad de su despacho “¿Realmente tiene sentido seguir…?”
(Continuará)
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